Abel Cháneton supo ser muchas cosas. Fue telegrafista, juez de paz, jefe de policía, martillero público, concejal y presidente del Concejo Deliberante, quien en ese entonces –segunda década del siglo XX- hacía las veces de intendente de la ciudad. Sin embargo, y tal como años más tarde confesara sobre sí mismo Rodolfo Walsh, Abel Cháneton también decidió que, de todos los oficios terrestres, el violento oficio de escribir era el que más le convenía.

Y vaya si fue violento. Tanto, que los dos dejaron la vida en ello.

¿Habrá sabido Rodolfo Walsh de la historia del periodista neuquino que fue asesinado por enfrentar al poder? ¿Habrá leido, o le habrán contado de las angustias que tuvo que sobrellevar por buscar la verdad y ponerse del lado de los que… no tienen lado?

Almas de este tipo deben haber tenido algún tipo de conexión, más allá del signado por la muerte violenta que a cada uno les propinaron quienes entonces detentaban el poder político, económico y militar.

Desde el momento en que se produjo la fuga de los detenidos en la cárcel de Neuquén capital, en mayo de 1916, la pluma de Cháneton ocupó inmediatamente el lugar político que lo haría inmortal. Dijo entonces en su diario Neuquén: “Estamos aún bajo la impresión dolorosa de lo acaecido a consecuencia de la evasión de presos, esas víctimas que la sociedad, representada por el gobierno, condena a sufrir fuertes penas en los antros inmundos llamados cárceles. La evasión de los presos no es voluntaria, es decir, no es la consecuencia de un acto deliberado, sino de un acto primo provocado por la fuerza, por la necesidad, y quien sabe sino hasta por el hambre”.

La crónica sigue relatando pormenorizadamente los hechos, incluso las internas y las amenazas mutuas que se conferían entre sí los internos de la prisión. Pero Cháneton ya había tomado partido. Con la claridad de quien sabe que se puede hacer el mayor esfuerzo por ser objetivo, pero que jamás será imparcial. Porque en este oficio, como en tantos otros, uno toma partido. Y Cháneton así lo hizo.

Al entonces gobernador Eduardo Elordi no le gustó que el diario investigara y publicara todo lo que iba encontrando a su paso. Y mucho menos que escribiera en el Neuquén que “(…) el gobernador Elordi sabía mejor que nadie los detalles del asesinato de Zainuco” (…) “no solamente no ordenó la investigación, sino que se opuso a ella cuando le fue propuesta”. Menos le debe haber gustado el remate de la nota que decía: “¿es o no encubridor de un gran crimen el gobernador Elordi?”.

La primera expresión de violencia que recibió Cháneton tiene una clara continuidad con la situación actual de muchos medios regionales: Fue el ahogo financiero, que comenzó con la quita de un aviso publicitario que el gobierno del territorio tenía desde hacía tiempo en el matutino neuquino. Una pauta que ocupó un importante lugar en un diario que en ese tiempo comenzó a publicarse en Allen, con el nombre de El Regional. Un diario acólito que terminó siendo más oficialista que el propio gobernador.

Esas continuidades que tiene la historia y que nos demuestran que, muchas veces, cualquier semejanza con la coincidencia es pura realidad.

Este diario El Regional era de Carlos Palacios. Desde su pasquín, no ahorró críticas, ni agravios ni amenazas contra un Cháneton que no se detuvo ni un instante en su tarea de informar y presionar para que se investigaran a fondo los hechos.

Por ello, su muerte fue planificada cuidadosamente. Con lujo de detalles lo cuenta Juan Carlos Cháneton en su libro “Zainuco”. Todo pergeñado por el inspector de policía, Adalberto Staub – sugestivamente hoy lleva su nombre la Escuela de Policía de Neuquén-, el juez Enrique Zinny –quien tenía a su cargo la investigación de la matanza de Zainuco- y el propio gobernador Eduardo Elordi.

Para su plan, habrían de utilizar al vocero Palacios, a un empleado de “El Regional” llamado René Bunster que antes había trabajado para Cháneton, y al sargento Luna, a quien Elordi había puesto como custodio de Palacios, luego de que éste denunciara –como parte del plan- que el periodista neuquino lo había amenazado de muerte.

Estaba todo preparado. Palacios y Bunster esperaron en el bar La Alegría, hacia donde iba Cháneton. El sargento Luna, vestido de civil, aguardó en una tienda de bebidas que quedaba a pocos metros del bar. Cháneton entró al bar, Palacios sacósu arma y disparó. Sería lo último que haría en su vida. El periodista también iba armado y su bala no erró. Como tampoco lo hizo posteriormente la 38 que el sargento Luna disparó a su corazón, partiéndolo en pedazos.

Así, a Cháneton le arrebataron la vida por lo que él creía. Por sus principios, por sus ideales. Por informar de manera comprometida, con el convencimiento de que lo que había ocurrido en Zainuco había sido una vil matanza. Por tomar partido y ponerse del lado de la justicia y de la verdad. Por enfrentarse al poder.

En 1992, cuando don Jaime escribió el epílogo del libro Zainuco, refiriéndose a la luz de rectitud que emanan los luceros como Abel Cháneton, y cómo con ésta van creciendo el número de los que luchan dijo: “Nosotros tenemos el privilegio de contar con las Madres de Plaza de Mayo. ¿No estará criándose un David de masas corajudas que acabarán por vencer al Goliat de las fuerzas que oprimen a la sociedad?”.

Es alentador creer que es así. Que hay cada vez más hombres y mujeres que están convencidos de ello. Que los nuevos hombres (y mujeres), para usar una categoría pensada por el Che, van madurando, quizá lentamente, pero creciendo.

De manera comprometida.
Definitivamente.

Pablo Scatizza